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Caso Rudnev

Carta abierta de Konstantin Rudnev desde la prisión de máxima seguridad de Rawson

Carta abierta de Konstantin Rudnev desde la prisión
Cuando conté esta historia por primera vez, el público se rió. Luego comprendieron que no era una broma. Es una parábola sobre nuestra vida.

Está Abraham leyendo el periódico. Se le acerca su vecino y le dice:

¡Abraham, tu casa se ha incendiado!

Y él, sin levantar la vista de las páginas, responde:

¿Cómo que se ha incendiado? Si en el periódico no está escrito.

Los titulares y el alma

No creemos en nuestros ojos, sino en los titulares. No en el corazón, sino en las palabras ajenas. Vivimos en los periódicos en lugar de vivir en el alma.
Me han juzgado durante muchos años —no las personas, sino el papel. No me escucharon, me imprimieron. No me conocían, pero me citaban. No me veían, pero me condenaban.
Llevo siete meses entre rejas en Rawson. Sin acusación. Sin juicio. Y cada día leo sobre mí. Como si leyera sobre algún monstruo al que nunca he conocido. Solo que ese monstruo lleva mi nombre.

El poder de la palabra

Un periódico puede ser un látigo.
Una palabra puede ser una cámara de tortura.
Sin embargo, no guardo rencor. Porque he comprendido que, quienes escriben maldades sobre mí, no saben lo que hacen. Nunca estuvieron cerca de mí. No oyeron cómo hablo del amor. No vieron cómo enseñaba a las personas a que fueran  más amables entre sí.
Simplemente, obedecen una orden: se les indicó, y lo plasmaron por escrito.  Cuando se les paga a los trolls por decir la verdad, la mentira se convierte en una profesión.
Cuando la “opinión pública” es formada por fábricas de comentarios, la honestidad se vuelve herejía.
Pero la verdad no se puede comprar. Solo se puede vivir.

Mirar por uno mismo

No pido que nadie crea en mí, lo que pido es que miren por sí mismos. No lean sobre mí, solo recuerden lo que sintieron cuando vieron mis ojos.
Cuando escucharon mis palabras, cuando sintieron esa energía de bondad que siempre intenté transmitir.
Todo lo que hice fue por amor.
Solo quería que las personas dejaran de temer a ser amables..
Pero la fe, la compasión y la luz — no son una religión. Son el aliento de la vida.
Sin ello, el ser humano se convierte en un comentarista bajo el artículo de otro.

Creer en los milagros

Mientras unos creen en los periódicos, otros creen en los milagros.
Y yo sigo entre aquellos que creen.
Sí, pueden encarcelarme.
Pueden distorsionar cada una de mis palabras.
Pueden escribir mil titulares repugnantes sobre mí o producir cientos de falsos programas de tertulia.
Pero no pueden quitarme la capacidad de ver a las personas como seres luminosos.
Aún creo que la bondad es más fuerte que el miedo.
Que el ser humano es capaz de pensar por sí mismo, incluso cuando todo el mundo a su alrededor repite lo contrario.
Creemos en los milagros, no en la suciedad ni en la prensa.

Los inocentes olvidados

Lo veo cada día. A mi lado no se sientan monstruos, sino personas comunes.
Aquellos que se equivocaron.
Aquellos que confiaron en los equivocados.
Aquellos que no tuvieron a nadie que los defendiera.

Entre estos muros no solo se quiebran huesos , sino también  se quiebran vidas.
Cuando una persona entra en prisión, es como si le arrebataran el nombre, la voz y la luz.
La convierten en un número. En una estadística. Deja de ser un ser humano.

La escuela de oscuridad

Sin embargo,  lo más terrible, es que la prisión no destruye el mal, lo engendra.
Enseña a mentir para sobrevivir.
Enseña a odiar para no perder la razón.
Enseña la violencia, porque aquí no se perdona a los débiles. No es un lugar de corrección,  es una escuela de desesperación. Una escuela de dolor.
Una escuela de oscuridad.

Y cuando un inocente llega aquí, se hunde en este pantano, y si no se ahoga, queda para siempre con una

La prisión y el alma

Y aun así… cuando abro  los ojos, veo las paredes.
Gruesas, grises y frías.
Entonces,  pienso en lo  fácil que sería para el mundo hablar de la bondad, y en lo  difícil que es seguir siendo bueno cuando se vive entre el hormigón y las rejas.
La prisión no es una prueba del cuerpo, sino del alma.

Una prueba de la fe, compasión y humanidad.
“Prisión”…
Una palabra corta, pero un dolor infinito.

El mal legalizado

En otros tiempos, la prisión fue inventada para limitar el mal. Para proteger a la sociedad.
Pero, con el paso del tiempo, se convirtió en el propio mal. Un lugar silencioso, sistemático y legalizado.
Ahora se encierran no a los peligrosos, sino a los que estorban.
No a los criminales, sino a los incómodos.
No a los asesinos, sino a quienes son demasiado honestos, a quienes no saben callar.

Cicatriz en el alma.
Miro los ojos de esas personas y no veo odio en ellos,, solo cansancio.
Así miran quienes han comprendido que al sistema no le importa si eres culpable o no.

El dolor compartido

Pero no sufre solo quien está tras las rejas.
Sufren sus seres queridos. Cada día la prisión los mata un poco más.
La esposa espera sin saber si su amado  sigue con vida. La madre reza, quedándose dormida entre lágrimas. Los hijos crecen sin padre, aprendiendo a escribir cartas hacia un lugar donde la libertad no está presente.
La prisión castiga a todos.

La prisión es una herida en el cuerpo de la humanidad. Es un rudimento del pasado, un error grosero de la evolución.

El camino de la luz

Al ser humano solo se le puede corregir con amor, cuidado y luz
No con miedo, violencia y  soledad.Si en lugar de muros existieran  abrazos.
Si en lugar de guardianes hubiera seres queridos.
Si en lugar de rejas estuvieran los ojos de aquellos que aún tienen fe en ti.
Entonces cada uno, incluso el más perdido, podría cambiar.

Por eso creo que, algún día, las prisiones desaparecerán.
Serán reemplazadas por otro camino — el camino de la comprensión, de la compasión, el camino hacia el alma, no hacia el castigo. Porque no se puede corregir a una persona quitándole el amor.

Cuando se castiga a uno, sufren miles.
Pero cuando se perdona, el mundo sana.

Konstantín Rudnev.
Desde la prisión de máxima seguridad, ciudad de Rawson

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